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Breaking Bad: El estudio del cambio

“La química es el estudio de la materia, pero yo prefiero verlo como el estudio del cambio” explica Walter White a sus alumnos en una de las primeras secuencias de la serie. “Los electrones cambian su nivel de energía, las moléculas cambian sus enlaces, los elementos se combinan y se transforman en compuestos. Eso es la vida”. Esta escena tiene lugar apenas unos minutos después de uno de los arranques más sugerentes de la historia de la televisión y pone sobre la mesa el intríngulis de toda la serie: este señor tan majo al que sus alumnos vacilan va a sufrir un cambio salvaje.

Quien no esté al día de la serie (hasta el octavo episodio de la quinta temporada) mejor que se salte los próximos dos párrafos, spoilers a cholón.

Una obviedad: no hay nada como tener una premisa clara y ideas de referencia para que te salga una buena historia, y Vince Gilligan la tenía :convertir a Mr Chips en Scarface. Lo ha hecho de una manera tan paulatina y bien llevada que después de haber visto a Walter envenenar a un niño para lograr sus propósitos aún sufrimos por lo que le pueda pasar. Poco queda de aquel pobre Walter que tiene dos trabajos para poder sacar adelante a su familia, humillado por sus alumnos y diagnosticado con un cáncer intratable. Quienes más lo conocen se han dado cuenta, Skyler cuenta los días para que llegue el cáncer y Jesse coge una pistola antes de abrir la puerta cuando Walter le visita en el último episodio emitido. Y aún así se nos pone un nudo en la garganta cuando vemos trailers y material promocional que apuntan a un trágico final para el protagonista. Gilligan nos la ha colado bien, nos hizo encariñarnos con ese personaje débil, preocupado por el futuro de su familia que daba sus primeros y torpes pasos en el mundo criminal, pero de ese personaje sólo queda ese desmedido ego que le llevó a rechazar toda oferta de ayuda en la primera temporada y que a lo largo de la serie ha ejercido de retorcido Pepito Grillo en todas las decisiones que ha tenido que tomar Walter, hasta ser dominado por Heisenberg, su alter ego.

Breaking Bad

Walter White es uno de los mejores personajes que ha dado esta década (larga) prodigiosa de la televisión. Tal vez sólo Tony Soprano y Don Draper puedan igualar su complejidad y carisma. De hecho, los tres tienen en común que son personajes a los que despreciaríamos en caso de ser reales, pero sin embargo a todos nos gustaría ser un poco como ellos. Nos fascinan los conocimientos científicos de Walter, la capacidad que tiene para salir bien parado de las situaciones más complicadas recurriendo a su inteligencia, aunque sus motivaciones hayan dejado de ser tan nobles como en un principio, aunque haya saltado a la comba con todas las líneas de la ética y de la moral, aunque esté más que claro que al personaje que interpreta magistralmente Bryan Cranston le espera un mal final, seguimos queriendo pensar que en algún lugar de Heisenberg queda algo de Walter White. Su transformación ha sido tan bien medida que prácticamente no nos dimos cuenta hasta la última temporada, cuando sin un antagonista claro nuestro protagonista acabó por convertirse en el villano que no permitía a Mike y Jesse abandonar el mundo criminal cuando lo deseaban.

Fin de los spoilers

Culminado el cambio, quedan ocho episodios para ver cual es la “decadencia y transformación” que según Walter termina todo proceso químico. Colocar Breaking Bad a la altura de las mejores series de los últimos años – la Santísima Trinidad: A dos metros bajo tierra, The Wire y Los Soprano– es sobrevalorarla un poco, pero no cabe duda que con toda justicia se puede colocar en un segundo escalón, no muy lejos del primero, junto a otras maravillas como Mad Men, Deadwood o Roma (va, lo digo: y Juego de tronos). Estamos hablando del que posiblemente sea el mejor thriller rodado en los últimos quince años, como dejan patente los taquicárdicos tramos finales de la tercera y sobre todo de la cuarta temporada, con algunas secuencias que hicieron perder años de vida a los espectadores más sufridores.

Walter es un personaje extraordinario, pero sus compañeros de viaje no se quedan atrás en carisma y complejidad: Jesse, Gus Fring, Mike, Frank, Saul (quien tiene todos los números para protagonizar en el futuro un spin off de la serie) e incluso Skyler son grandísimos personajes que complementan o se oponen al protagonista de manera perfecta. Pocas series -seguramente sólo Los Soprano, Mad Men y la propia Breaking Bad, a falta de ver cómo se desarrolla Homeland– han logrado tener un plantel tan equilibrado con un principal tan potente. Dexter, House o 24 tenían protagonistas con tal personalidad que acababan eclipsando al resto del reparto. A dos metros bajo tierra, The Wire, Juego de tronos o Perdidos, más corales, cuentan con un extraordinario grupo de personajes pero el protagonista no destaca tanto.

Por si el la historia y los personajes de Breaking Bad no fuesen suficiente, la serie ha conseguido crear unos lenguajes visual y narrativo propios muy particulares. Ya son míticos los flashfowards con los que se abren muchos episodios, descontextualizando elementos con un resultado muy perturbador e intrigante. También son muy característicos los planos subjetivos, no desde personas, sino desde objetos, o desde lugares imposibles como de detrás de una libreta. Esto, junto a los parajes desérticos de Nuevo Mexico ha dado a la serie una imaginería visual muy particular y rápidamente reconocible e inconfundible.

Breaking bad o el descenso a los infiernos

Breaking Bad

Pero el descenso a los infiernos de Walter White no es una serie perfecta. Durante la segunda temporada, en varios de los flashfowards antes comentados -incluido el que abría la temporada- se creaba mucha expectación acerca de un suceso que finalmente afectaba a los personajes sólo de manera temporal y un tanto tangencial. Tampoco ha quedado claro, salvo que se explique en lo que queda de serie, cómo Walter ha llevado a cabo alguna de sus acciones, dejándolo a que el espectador interprete la genialidad del protagonista. Teniendo en cuenta que son fundamentales para el desarrollo de la trama, de no explicarse puede quedar como algo patillero. Además, algunos de los personajes presuntamente hispanoparlantes, como el chileno Gus Fring o el mexicano Hector Salamanca, hablan el español con la misma fluidez que Chewbacca habla el élfico. Con todo, una virtud de las películas y series brillantes es conseguir que el espectador le perdone los pequeños fallos, y Breaking Bad lo logra sobradamente.

A pocos días de que la AMC estrene la segunda parte de la quinta temporada, ocho episodios en los que veremos qué final aguarda al profesor de química más peculiar de Albuquerque. Han pasado seis años (sólo un año en la ficción) desde que vimos cómo a Walter le diagnosticaban un cáncer de pulmón intratable, la chispa que comenzó todo. Decía el Joker que la locura es como la gravedad, sólo necesita un pequeño empujón y parece que Vince Gilligan ha querido darle la razón. A los demás sólo nos queda esperar, y quien crea en Dios que rece por el alma de Walter White. Seguramente lo va a necesitar.

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