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Death Note: una idea condenada al fracaso desde el principio

El paso de la animación a la imagen real siempre es un salto complicado que en la mayoría de casos no acaba bien. Una categoría especial se merecen los animes que pretenden dar el salto a una producción cinematográfica occidental, entre las que encontramos la reciente Ghost in the Shell o la deliciosamente catastrófica Dragonball Evolution. La adaptación Death Note de Netflix había creado una gran expectativa tanto por la gran cantidad de fans que tiene el material original tanto por el halo mágico que ha logrado crear la plataforma alrededor de su sello, a pesar de que ya suma varios fiascos.

Para quien no conozca Death Note, se trata de un manga de Tsugumi Ohba de 2003 adaptado a anime en forma de serie en 2006. El protagonista de la historia es Light, un modélico estudiante de instituto que un día encuentra un extraño cuaderno que le permite matar con únicamente escribir el nombre de la persona y pensar en su cara. No tarda en decidir usarlo para hacer del mundo un lugar mejor matando a todos los tipos malos. Este plan aparentemente benigno no acaba de gustar a las autoridades, que pronto encargan al mejor detective del mundo  -un peculiar personaje llamado L y cuyo nombre real se desconoce- a investigar todas esas extrañas muertes.

Death Note de Netflix lo hace todo mal

Death Note de Netflix lo hace todo mal

El anime -compuesto por 37 episodios- empieza de forma espectacular, da un bajón a mitad de la serie para recuperarse en el tramo final sin llegar a igualar nunca el nivel del principio. La versión de Netflix empieza con una cierta dignidad, da un bajón a media película para seguir hundiéndose en la miseria en el último acto. ¿Qué ha salido mal en la adaptación? En realidad, todo.

Y es que el mismo concepto de la película está equivocado. Gran parte de la gracia de Death Note eran una serie de sutilezas escondidas dentro de una trama completamente loca, logrando sumergir completamente al espectador un un mundo imposible. Aquí eso no funciona en gran medida por la absurda velocidad a la que se narran los hechos. En un mundo en el que nos hemos acostumbrado a que cualquier tontería de película supere las dos horas y media, alguien se empeñó en que esta historia, que necesitaba tiempo, durase solo 90 minutos.

La ausencia de sutileza aniquila la verosimilitud de Death Note

Todo lo que enganchaba de la serie queda aniquilado aquí. El magnético nihilismo de Ryuk -el shinigami que entrega el cuaderno a Light- queda aquí convertido en una simple maldad que hace del personaje un simple demonio sin más gracia que tener la voz de Willem Dafoe. La espectacular partida de ajedrez que juegan Light y L se limita a cuatro escenas burdas y una persecución rodada sin gracia. Y el personaje de Light (spoilers, selecciona para ver) , al que en la serie vemos realizar un gran y creíble arco de personaje modélico a demonio –Death Note hizo un Breaking Bad antes de Breaking Bad, (fin de los spoilers) es solo un pelele con el peinado del Rubius. Todo esto hace que la película no sea verosímil, y no por el elemento fantástico, sino porque ni entiendes ni te crees las acciones de los personajes. Death Note planteaba una serie de dilemas e ideas espinosas, quizá no con gran profundidad, pero sí con la suficiente intensidad como para fascinar. Todo esto aquí ha desaparecido.

Era una decisión difícil, pero si se quería encajar Death Note en una película de 90 minutos posiblemente la mejor vía hubiera sido alejarse al máximo de la obra original, quizá incluso con personajes totalmente nuevos y una trama completamente distinta partiendo de la misma base del cuaderno. Sí, es algo arriesgado y muchos fans hubieran crucificado por desviarse medio metro del original, pero al menos podrías haber tenido una buena cinta, tal vez.

No es el caso. Death Note es plana, sin gancho ni interés, una mala película. Esperemos que Netflix haga el trabajo que sabe hacer con otras adaptaciones que tiene entre manos.

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