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El arca, de nuevo

Escribo este artículo desde la tristeza, el enfado y la frustración. Tanto, que no me voy a molestar en maquetarlo. Vomitaré lo que tengo en el estómago y no creo ni que lo revise. Disculpad el tocho de texto y las más que posibles erratas.

En 1934 el periodista Agustí Calvet “Gaziel”, director de La Vanguardia, escribió un artículo titulado El Arca. En él diagnosticaba una España en la que los extremismos estaban centrando el debate político, donde los moderados habían perdido fuerza. En el artículo, aseguraba que o cambiaba la situación o España estaba condenada a ser una imitación del régimen nazi alemán o del régimen soviético de la URSS, siempre en versión paródica semiafricana. Todos sabemos lo que ocurrió después.

Si algo hemos aprendido de la historia es que nadie aprende de la historia. Más de 80 años después, está ocurriendo algo similar. Por un lado, el Gobierno de Rajoy se ha instalado en un inmovilismo tozudo aferrado al cumplimiento de la Ley, por otro, Puigdemont lanzado en una carrera loca e insensata hacia la independencia tomando atajos como si fuera un circuito del Mario Kart. Dos personas que se llenan la boca de estar dispuestas a hablar, pero parece que muy poco dispuestas a escuchar.

Los hooligans de un lado claman por aplicar el artículo 155 y el estado de excepción, mientras que los del otro bando sueñan con una declaración unilateral de independencia, aferrándose a un referéndum que obtuvo un resultado que salta a la vista que no responde a la realidad. Basta con ver los resultados de las últimas elecciones, donde el bloque independentista obtuvo 1.900.000 votos frente al 1.600.000 del bloque unionista, con 360.000 votos más de los Comunes, que navegan entre las dos aguas. Muy lejos del 90% de los votos que obtuvo el sí en el referéndum.

El domingo pasado hubo en Cataluña unas imágenes de violencia policial que son inaceptables en un estado democrático. Así de simple. Tampoco es aceptable ni lógico cómo se aprobó la Ley de Transitoriedad Jurídica, de forma exprés, sin leer la Ley en la cámara y casi sin dar tiempo a la oposición para preparar enmiendas, aprobándola por la mínima, ignorando la coherencia de la normativa de la cámara, que pide mayoría cualificada, dos tercios, para modificar la Ley Electoral o el Estatut o para nominar los directivos de TV3 y Catalunya Ràdio, pero que pretende aprobar la independencia con una mayoría absoluta.

Conviene recordar que una mayoría absoluta en el parlamento no implica una dictadura de esa mayoría, algo que últimamente parecen olvidar muchos gobernantes. Los partidos que no votaron a favor de la Ley –los Comunes se abstuvieron- en la que se fundamenta el referéndum y la declaración unilateral de independencia sumaron más votos que los que sí. Votar es democracia, pero eso no lo es.

Podría enumerar las múltiples razones por las que creo que la independencia es una mala idea –y ninguna de ellas tiene que ver con la unidad de España, que me la sopla-, también podría enumerar las muchas mentiras que se han dicho, las múltiples burradas que se han dicho desde Cataluña, pero no es de eso de lo que quiero hablar en este artículo.

Tengo serias dudas de que una independencia pactada y ordenada fuese positiva para Cataluña, pero tengo la certeza de que una independencia a lo loco tal y como se está planteando actualmente desde el Gobierno de Puigdemont. Una independencia que ignoraría a prácticamente la mitad de la población, una independencia exprés que sin apoyos internacionales –que difícilmente encontrará- es como saltar al vacío. Una locura irresponsable, tan irresponsable como es pensar que esto se va a solucionar por la fuerza.

También podría hablar de cómo desde el otro bando se ha confundido la firmeza con la inflexibilidad, de cómo se ha ignorado un problema creciente y de cómo se ha usado para lograr votos en otras zonas de España. Sin embargo no profundizaré en ello porque ha llegado un punto donde los convencidos de cada bando son, en muchos casos, inamovibles.

De aplicarse una de las dos soluciones hay una resolución segura: que prácticamente la mitad de los catalanes terminará frustrado, y eso es una bomba de relojería que ha causado guerras civiles. Y entre unos y otros nos están llevando a toda máquina a un escenario extremadamente peligroso.

No se puede ignorar que cerca de la mitad de los catalanes está a favor de la independencia, y tampoco se puede ignorar que una cantidad no mucho más pequeña quiere seguir en España. Ha llegado un punto que ya no se trata de que gane uno u otro, ha llegado un punto en el que, si no pisamos el freno y reflexionamos, perderemos todos. Ha llegado un punto en el que todos vamos a tener a ceder. Desde el que tiene en su casa una estelada hasta el que tiene una bandera con el aguilucho. ¿Cuál es la solución? No la sé. Eso es algo que deberíamos encontrar entre todos, con palabras y no con gritos, sin cánticos y sin puños en alto. Sin “visca Catalunya” ni “viva España”. Sentándonos y hablando.

En su mítico discurso del punto azul pálido, Carl Sagan nos recordaba que la Tierra es una mota de polvo suspendida en el cosmos. “De toda esta oscuridad, de toda esta enormidad, no hay ninguna pista de que llegará ayuda para salvarnos de nosotros mismos”.

Es hora de que alguien nos salve de nosotros mismos. Por desgracia, no parece que nadie lo vaya a hacer.

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