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Su pasaporte sanitario, por favor

Los ojos que sobresalían de las mascarillas se le clavaban en la nuca mientras se saltaba la cola en la que unas diez personas esperaban para entrar en el supermercado. El segurata se le acercó.

— Su pasaporte sanitario, por favor.

Tragó saliva y se lo mostró. El trabajador miró el carnet por los dos lados y se lo devolvió antes de hacerle una señal para que pasase. Se desinfectó las manos, se puso los guantes y cogió una cesta de esas con ruedas y trató de hacer la compra lo más rápido que pudo. Se mantuvo alejado de los otros clientes enmascarados, que unos meses atrás hubiera pensado que querían atracar el súper, mientras llenaba el carro y se fue directo a la cola rápida, de nuevo enseñando el pasaporte a un trabajador. Cuando salió, algunas de las personas que hacían cola al entrar seguían allí.

De camino a casa se asomó a la cafetería a la que solía ir antes de la pandemia, pero las cuatro mesas -separadas por dos metros cada una- estaban todas ocupadas por una o dos personas. Paso varios locales cerrados y llegó a otra cafetería que solo dejaba entrar a los limpios. No se acordaba de cómo se llamaba el tertuliano que les puso ese nombre, tan falto de sentido que ni siquiera es incorrecto. Pero ya todos les llamaban así, muchas veces de forma despectiva. Se sentó en una mesa apartada y se puso a comprobar ofertas de trabajo.

No había muchas y casi todas exigían tener el pasaporte biológico en regla, especialmente las que merecían algo la pena. Se había planteado prohibir esta discriminación y que las empresas no pudieran preguntar a los candidatos si eran inmunes al virus o no. Sin embargo, la mayoría de normativas de seguridad exigían que las empresas supieran qué empleados habían pasado por el virus y cuáles no, lo que hacía de esta prohibición un tanto contradictoria. “Hay que tapar el rebote”, insistían los políticos como si fuesen los entrenadores de un equipo de baloncesto infantil. Prácticamente todos los trabajos que no se pudieran hacer desde casa o con un sueldo de más de 1000€ pedían un pasaporte sanitario.

Miró el chat de un grupo de colegas que no paraba de vibrar. Habían quedado, pero ya habían llegado al máximo de cuatro personas permitidas. Pensó en ir, pero sus amigos no sabían que tenía papeles de limpio y prefirió que siguiera siendo así. Así que se fue a casa.

Era incapaz de recordar cuándo había sido la última vez que había ido al cine. La época en la que los superhéroes lo petaban parecía lejana. Ahora eran todo películas de terror de gente que se quedaba aislada del resto del mundo. Pensó en ir a ver algo, pero era demasiado arriesgado. Llevaba mes y medio con ese pasaporte y desde hacia unas semanas casi todos los cines y estadios controlaban los carnets de limpios con lectores NFC. Esa era la “nueva normalidad”, la forma más elegante que algún político había encontrado de decir “una puta mierda”.

Lo más probable es que el suyo ya estuviera quemado. Tenía que renovar el código. Conseguir un pasaporte falso no era algo muy sencillo, pero tampoco extremadamente complicado. Todas las personas que se dedicaban a piratear tarjetas de televisión de pago habían encontrado un nuevo nicho cuando se empezaron a levantar las restricciones a quienes habían desarrollado inmunidad al virus. Para poder entrar en un partido de fútbol en los pocos conciertos que hacía falta uno. Quienes no lo tuvieran todavía tenían acceso a unas pocas entradas, pero se les situaba en los extremos, solos a menos que les acompañase un limpio, y se les tomaba la temperatura antes de entrar. Si tenían algún otro síntoma como tos, muchas veces se les echaba.

La falsificación de carnets de limpio no era algo que hiciera todo el mundo, pero sí lo suficientemente habitual como para que el Gobierno empezase a tomar medidas. Los códigos pirateados tardaban cada menos en ser anulados y eran algo más difíciles de encontrar –unos meses atrás se podían descargar de varias páginas y foros de Internet–. En unos meses sería obligatorio que cualquier local comprobase la validez del carnet usando lectores contactless. Hasta en su comunidad habían aprobado instalar uno en el ascensor para que solo los limpios pudieran usarlo y evitar que se contaminara. Una medida que él consideraba estúpida porque lo único que se lograba era trasladar el problema a la escalera. Pero la gente tenía miedo y los humanos con miedo son todavía más estúpidos de lo normal.

Tenía que conseguir un carnet de limpio verdadero. No iba a ser algo fácil. En Forocoches encontró un hilo en el que supuestamente se explicaba cómo se podía engañar al test, pero no parecía un algo muy realista. Tampoco parecía sencillo el dar el cambiazo de su sangre por la de un limpio. Al parecer el Ministerio de Sanidad guardaba una base de datos de ADN de los limpios y se cruzaba con los nuevos datos para evitar engaños. La única forma de conseguir un carnet auténtico era ser un limpio. Y para eso primero se debía infectar.

Miró el frasquito que tenía en su mano enguantada. Parecía agua, pero estaba contaminada por el virus. Pensó que era un poco idiota llevar guantes de seguridad cuando su intención era, precisamente, contaminarse. En un primer momento lo que buscó era algún infectado que le pudiera contagiar, pero todos los casos confirmados estaban aislados en hospitales u hoteles con vigilancia policial. Llegó a pensar que necesitaría entrar en la deep web o algo así para lograrlo, pero no fue tan complicado. Tras un par de horas de búsqueda, y a través de un portal de anuncios de putas, llegó a un grupo de Telegram en el que se vendían muestras del virus. Básicamente algunos sanitarios que antes se sacaban un sobresueldo robando y revendiendo sedantes y somníferos, ahora habían sumado el virus a su catálogo. Lo pagabas por PayPal y te lo mandaban a casa por Glovo.

Se lo habían vendido como algo seguro. El frasco contenía una carga viral lo suficientemente baja como para que un adulto sano pudiera superar la enfermedad sin excesivos problemas. Eso sí, cuando insistió no le pudieron asegurar que fuera 100% seguro. Al fin y al cabo, ese virus había matado a gente que parecía sana. El procedimiento parecía sencillo: mezclarlo con un poco de agua y meterlo en cualquier vaporizador. Luego, echárselo en la boca como si fuese una solución para el mal aliento.

Volvió a mirar aquel frasquito. Aquel líquido podía devolverle a una vida más o menos normal o matarle. Lo dejó encima de la mesa y se quitó los guantes.

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Imagen de cabecera: Nick Bolton

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